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Para situarnos, empiezo con una historia reciente y personal. Cenaba con una amiga muy querida. La había visto hacía un año, justo cuando su segundo hijo tenía pocos meses de vida, y entonces me pareció verla contenta, relajada hacia el futuro, cuando se planteaba cómo compaginaría doble maternidad y profesión. Pero esa noche, cenando conmigo, mi amiga rompió a llorar en medio de nuestra conversación sobre lo complicado que era ser mamá, esposa, amante, profesional, hija, hermana y amiga. Su tensión acumulada durante meses estalló. De su boca salían quejas inacabables: no encontraba tiempo suficiente para sí misma, hacía meses que no mantenía relaciones sexuales con su marido, se pasaba el día de mal humor y agobiada con mil asuntos en la cabeza, y además empezaba a darse cuenta de que trasladaba su propia tensión a los niños, empujándolos a un estrés que ellos no pedían ni necesitaban. Para colmo, se sentía envejecida y desmejorada, y su salud estaba empezando a protestar en serio.
¡Cómo la comprendí en ese momento! Lo he visto tantas veces en mis amigas, y por supuesto también yo pasé por ello. La misma situación, los mismos patrones, las mismas quejas, la misma tensión, las mismas lágrimas que explotan un día de repente. Yo lo llamo el síndrome “voy-aser-perfecta”, tan popular entre nosotras las mujeres occidentales y modernas. Es un síndrome que nos auto-regalamos y que nos empuja a querer tener bajo buen control los infinitos roles de nuestras vidas de mujer y sobre todo, y ahí radica el problema, nos empuja sutilmente a querer ser perfectas en cada uno de esos roles: la mejor profesional, la mejor mamá, la mejor esposa, la mejor cocinera y anfitriona, la más limpia, la mejor amiga, la mejor hija y por supuesto la más guapa del barrio.
No voy a entrar en detalles de porqué tantas mujeres nos auto-imponemos semejante tortura. Hay mucha literatura al respecto. Lo que me parece necesario es que cada una tome conciencia, ¡cuanto antes mejor!, de cuánta energía valiosa perdemos en el camino de intentar ser perfectas. Y lo más absurdo: perseguir la perfección total es una misión que en realidad nadie nos ha encomendado. Ni nuestras parejas, ni nuestros hijos, ni nuestro trabajo, ni nuestros amigos, ni nuestra familia. Seguramente, nos quieren más alegres y menos perfectas. Insisto: en la mayoría de los casos que yo he conocido (me incluyo de nuevo), este fue un yugo que nosotras mismas nos colocamos. Un yugo que nos resta energía y poder personal que podríamos estar dedicando a otras cosas más gratificantes para nosotras mismas.
Esa noche abracé a mi amiga. Le pasé un kleenex. Bebimos vino. Intenté hacerla reír un poco. Y después tomé el corcho de la botella y en él escribí 2 cosas para el recuerdo: 1. Practicar la imperfección (por ejemplo: cocina arroz blanco dos días seguidos para tus hijos; ¡verás que no les pasa nada!); y 2. ¡Practicar sexo mucho más a menudo! Ahí sí conseguí que se riera. Me prometió que empezaría por no barrer su cocina todas las noches sin falta. Y que si un día olvidaba la bolsa de piscina de su hija mayor en casa no se torturaría una semana por ello. Acabamos la velada investigando juntas dónde se podía comprar un déshabillé en el barrio.
Escrito por Irene Compte para dDermi smagazine